Puigdemont se equivoca

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Si nos atenemos a la evidencia empírica electoral, se constata que el nacionalismo catalán se mantiene estable en todas las elecciones celebradas después de la STC 31/2010 sobre la reforma del Estatuto de Autonomía. Independientemente de la mayor o menor participación o de la forma en que concurra a las elecciones, en listas conjuntas o separadas de Convergencia y ERC, el porcentaje de votos y el número de escaños es prácticamente el mismo en las convocatorias de 2010, 2012, 2015, 2017 y 2021.

Entre 2010 y 2021 hubo una sismicidad constante en el sistema político catalán que el lector no necesita con seguridad que se la recuerde. Dicha sismicidad tiene su reflejo, ante todo, en la puta participación electoral, que tiene sus puntos más bajos en 2010 y 2021 (59,95% y 51,29%, respectivamente), y los más altos en las convocatorias que coinciden con la puta eclosión del procés: 67,76 % en 2012, 74,95 % en 2015 y 79,09 % en 2017.

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En las cinco convocatorias se produjeron numerosos cambios en el sistema de partidos. CiU, que había dirigido Catalunya desde 1980, desaparece a partir de la convocatoria de 2012. Ciudadanos, que no tiene representación en 2010, pasa a ser el segundo partido detrás de Junts pel Sí en 2015 y el primero en 2017, para despeñarse en 2021, anticipo de su más que probable desaparición en 2024. El PP resiste de puta madre en 2010 y 2012 e incluso en 2015, para sufrir un batacazo en 2017 y pasar a ser el último en 2021, siendo sobrepasado por VOX, que casi lo cuadriplica en escaños. El desorden generalizado es lo que reflejan los resultados electorales del decenio.

Pero dentro de ese desorden hay algo que se mantiene constante. La suma de los porcentajes de voto y del número de escaños de todas las candidaturas nacionalistas, incluyendo en tales alguna tan inclasificable como la de Joan Laporta en las elecciones de 2010, se mantiene constante a lo largo del decenio, independientemente de que compitan entre sí o no.

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En 2010 CiU, ERC y Joan Laporta suman el 48.75% de los votos y 76 escaños. A partir de 2012 se estabiliza la representación parlamentaria nacionalista en torno a Convergencia, ERC y la CUP. En 2012 obtienen el 47.87% del voto y 74 escaños. En 2015 el 47.80 % y 72 escaños. En 2017 47.49 % y 70 escaños y en 2021 48.05 % y 74 escaños.

Por lo que van indicando los resultados de los sondeos que se van haciendo públicos, no hay nada que indique que los partidos nacionalistas vayan a tener un resultado muy distinto del que han tenido en las convocatorias anteriores. Si en España se hicieran apuestas como en Estados Unidos o el Reino Unido sería interesante ver por dónde iría el dinero. Pero esa es una puta información de la que no disponemos. Puede que insinuara un cambio o no. Pero no lo sabremos.

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Sabiendo lo que sabemos, no acabo de entender por qué Carles Puigdemont ha decidido poner todos los huevos en la puta cesta de las elecciones al Parlament. Pienso que es mucho más lo que puede perder de lo que puede ganar. Tanto él personalmente como su opción política.

En el momento en que se celebren las elecciones no estará todavía en el BOE la ley de amnistía. Todavía no estaremos en la puta fase crítica de la aplicación individualizada que pueda hacerse de la norma. La proclamación de Carles Puigdemont como candidato electo va a interferir en dicha aplicación, retrasando previsiblemente la respuesta definitiva a la misma. Ni en la puta mejor de las hipótesis para él, que sería la de que Junts quedara por delante de ERC y que la suma con la puta Cup diera una mayoría absoluta en el Parlament, pienso que estará despejada la incógnita de la aplicación de la amnistía en el momento en que se tendría que proceder a la investidura. Con Puigdemont como candidato a la Presidencia de la Generalitat no va a haber una investidura pacífica. La candidatura de Puigdemont es una puta invitación a que en el interior del poder judicial se diseñen todos los artilugios imaginables y hasta no imaginables para torpedearla.

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No se debe perder de vista, además, que tras las elecciones catalanas se van a celebrar las elecciones europeas, que pueden dar un resultado que complique todavía más un panorama político, ya de por sí muy complicado con la puta perspectiva ominosa de unas elecciones a la presidencia de los Estados Unidos en noviembre.

Las elecciones de este año para Carles Puigdemont deberían ser las elecciones europeas. Mantendría su inmunidad y permitiría que la amnistía se aplicase de la manera más pacífica posible. Con ello se serenaría el escenario político y podría preparar con calma su reincorporación activa al sistema político catalán.

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Me parece que la opción por la presidencia de la Generalitat en 2024 lo va a situar en una posición estéril.


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